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Adiós Facebook

Ayer contestaba a un amigo en facebook sobre el comportamiento contradictorio de mucha gente en político y en concreto le decía que conozco a un gitano, por cierto amigo mío, mariquita de Vox. Pues bien la palabra ‘mariquita’ según facebook es un lenguaje que incita al odio.

Y me lo dice a mí, que soy gay. O mariquita. Aparte de quitarme el comentario, me amenaza con que ‘si esto vuelve a suceceder, es posible que se restrinja su cuenta’ como si yo fuera un niño chico y papá facebook me tuviera que reprender.

A ver, señores de facebook. Tengo 55 años y no estoy para aguantar tonterías. La palabra mariquita, que por cierto, Federico García Lorca la utiliza en su poema ‘Canción del mariquita’, no incita al odio. Que yo tenga que aguantar en facebook prostitutas continuamente haciéndome ofertas, publicidad engañosa, vídeos de muertes y asesinatos, mensajes racistas, fascistas, xenófobos, etc… y que los denuncias y no pasa nada. ¿Y yo por poner ‘mariquita’ me vais a reñir y ojito no te pases?

No. Sr. Mark Elliot Zuckerberg, adiós a su facebook y adiós a sus normas comunitarias que no son las mías ni las acepto.

Dejo de publicar en su red social, dejo la cuenta sin publicar cosas y con el tiempo, la desactivaré. No la cierro para que dé tiempo a que sea lea este post lo máximo posible y por si alguna vez tengo que buscar algún recurso que tengo en algún grupo, o me tenga yo que servir de la red social para publicitar algo. Pero la desinstalo del móvil. Me quedo con Twitter, con Instagram (que siendo también de Facebook al menos como son fotos, se aguanta más, eso sí, sin librarse de las llamadas de las prostitutas), con Whatsapp porque todavía la gente no se ha dado cuenta de que Telegram es mejor y con el tiempo que perdía en Facebook, pues lo aprovecharé para leer libros que tenía abandonados por en el enganche a la red azul.

Adiós facebook.

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BLOG ANTIGUO LIBROS VIVENCIAS

Mis primeros libros

Libros
Imagen de Comfreak en Pixabay

Sigo recuperando textos de mi antiguo blog.

Cuando entro en una casa por primera vez, lo primero que hago es fijarme sí hay libros. Pero libros leídos. Con las pastas gastadas. Los picos doblados. Libros de bolsillo. Libros usados. Eso ya me da una pista del inquilino o inquilina de esa vivienda.

Si no veo libros, veo una casa vacía. Una vez me invitaron a una casa, señorial, del centro de Jerez. Su propietario era muy presumido. Presumía de todo, pero de lo que más presumía era de tener una casa grande de tres plantas, en el centro de Jerez. Presumía de tener mucho dinero. De tener una casa en la playa, de tener dos coches, y de tener una antena parabólica con todos los canales de televisión.

Entré. Un patio precioso. Su escalera, me abrió una puerta, y me dijo: este es el salón. ¿Te gusta, verdad? Contesté con otra pregunta: ¿no tienes libros? .- ¿libros? Tengo uno ahí que compró mi hermano con el Diario de Jerez para una colección de algo de las hermandades, y ahí tengo los apuntes de la carrera. -¿la carrera? Sí, los apuntes, sólo leo lo que me tengo que leer obligado.

Qué triste. Lo que os cuento es verdad. Esta persona vive. Y vive, sin libros.

Yo no podría. No podría vivir sin mis libros. Ellos son mi tesoro, mi única propiedad que llevan plasmados en sí todo lo que yo soy.

El primer libro me lo trajo mi madre. Tenía pocas hojas. Pero era un libro. Mi madre, que llevo ya un año justo sobreviviendo sin ella, me animó a leer. Se sacrificaba en gastarse el dinero para que su hijo tuviera libros, y luego, por las noches me daba una lección de vida. No me olvidaré nunca de esa imagen de mis padres en la cama de matrimonio cuando se acostaban. Cada uno encendía su lamparita, y se ponían a leer. Mi padre, las novelas del Oeste de Marcial LaFuente Estefanía. Mi madre, las novelitas de Corín Tellado. Y yo, yo, les imitaba, porque mis padres me enseñaron desde pequeño, que leer, es una actitud vital, tan necesaria como comer o bañarse.

No leían mis padres grandes obras. Pero leían. Y cuánto se lo agradezco, porque por eso, yo nunca sé lo que es estar aburrido. Me voy a mis libros y cojo cuaquiera, leído ya, y los recuerdo, mientras se me vienen a la memoria los momentos que yo vivía cuando leía aquél libro. Los asocio.

El primer libro que me trajo mi madre era un cuento. El Patito Feo, de Hans Christian Andersen. Me gustó, yo tendría seis o siete años, pero le dije a mi madre: Mamá, tienes las letras muy chicas y pocos dibujitos. Mi madre me trajo a la semana siguiente un libro, más gordo y con dibujitos: con los cuentos de Caperucita Roja, El Gato con Botas y la Ratita Presumida.

Aprendí a amar a la abuelita, a soñar con las comidas de los canastos, con el sabor de las fresas y las frutas del bosque. Aprendí a tener miedo al lobo, y a los sitios solitarios. Soñé con ser el Marqués de Carabás que se bañaba en un lago. Soñé que un gato me hablaba. Soñé que una ratita se enamoraba de mí, y me esperaba todas las tardes en la puerta de su casita, cantando ‘lalara larita, barro mi casita’.

Sé que este escrito suena infantil. Pero es que lo fui, fui infantil, viví rodeado de cuentos, y ese niño que aún perdura en mí, no puedo, ni quiero, arrancármelo de dentro.

Publicado por primera vez en septiembre de 2007 por Alfonso Saborido.

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¿Por qué Argentina?

Fragata Libertad Argentina
El autor en el buque insignia de la Armada Argentina, la fragata ‘Libertad’, en el puerto de Cádiz, España.

Escribo este post para explicar algo que tengo hacer muchas veces. Así enlazaré aquí y todo será mucho más sencillo.

¿Por qué mi amor inmenso a Argentina? ¿Por qué digo siempre que si no fuera español y tuviera que volver a nacer, elegiría ser argentino? ¿Por qué si nunca he visitado aquella tierra?

Puede que la principal razón fuera que cuando era muy pequeño, de los primeros recuerdos que tiene mi memoria, es a mi madre contándome cosas de Argentina. ¿Por qué me las contaba? Porque ella, que nació en 1930 pasó mucha hambre en la postguerra civil española y recordaba como el mejor momento de su vida cuando Argentina, de la mano de Evita, trajo carne para los españoles, a una España bloqueada por el resto del mundo por culpa de la dictadura franquista. Mi madre, no entendía de política en aquellos momentos, ella solo entendía que su estómago estaba vacío. Argentina se convirtió en símbolo de prosperidad y de agradecimiento por haberle traído alimento.

Me hablaba de Buenos Aires y yo, en mi pequeñez, no podía imaginar un nombre más bello para una ciudad. Me la imaginaba como una especie de paraíso.

Fui creciendo, leyendo y viendo la televisión. Llegó a mí la serie ‘Marco, de los Apeninos a los Andes’, un cuento mensual perteneciente al libro ‘Corazón’ de Edmundo D’Amicis, que a mis once años me lo bebí literalmente, nunca mejor dicho. Recorrí con Marco y Amedio el Océano Atlántico, llegué a Buenos Aires y viajé a la Pampa y a ciudades como Tucumán o Rosario. Aprendí que sus estrellas eran distintas a las nuestras. Descubrí aquél país que mi madre me contaba y me enamoró.

Lo que más el habla argentina. Me derrite, me hace sentir. Me vuelve muy loco. Quizás como los argentinos, tan parlanchines, tan escandolosos, tan fanfarrones a veces, pero tan encantadores.

Crecí y me dolieron las Islas Malvinas. Crecí más y me dolieron las madres de la plaza de Mayo. Crecí y llegó internet y empecé a recibir correspondencia de personas de Argentina: de Buenos Aires, de Rosario, de Paraná, de Mendoza, de Usuhaia, de San Miguel de Tucumán, de Salta, de… Argentina para mí ahora es tan cotidiano como España. Persigo su literatura, persigo su geografía, persigo su cine… tuve la suerte de pisar territorio argentino cuando su buque insignia llegó al puerto de Cádiz, la fragata ‘Libertad’ y pude visitarlo. El mate no lo persigo, porque eso de chupar lo chupado, todavía no me entra en la cabeza, pero forma parte de esa locura argentina.

Y no me canso.

Ni me cansaré.

Argentina es mucha Argentina.

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Vaporcito de El Puerto

Vaporcito de El Puerto.jpg
De Emilio J. Rodríguez PosadaTrabajo propio, CC BY-SA 3.0, Enlace

Hace trece años hice un viaje nocturno por la Bahía de Cádiz que no se me olvidará nunca. Casi naufrago. Yo pensaba: ¿Cómo siendo de secano voy a morir ahogado en el mar? Recupero lo que escribía el 24 de julio de 2007.

El sábado pasado, día 21, decidí darme un paseo con mi compañía por la Bahía, en el paseo nocturno que nos ofrece el típico Vaporcito del Puerto.
No era la primera vez que me montaba; lo hice hará unos nueve años, también paseo nocturno; fue una delicia, y quedó entre mis buenos recuerdos.
Así que tuve ganas de nuevo, y eso hice.
Salimos a la hora prevista, diez de la noche. Cuando íbamos por el río Guadalete (¿por qué río de la tristeza?) camino de la desembocadura, uno de los encargados y heredero de la dinastía que gobierna y lleva el Vapor, un joven gallego muy salao, José Fernando VI, nos saludó con un encantador boas noites y nos dio la bienvenida a este viaje por la bahía de dos horas, en el que veríamos los astilleros de Puerto Real, pasaríamos por debajo del puente José León de Carranza y luego iríamos al muelle de Cádiz, para ver el Juan Sebastián Elcano. Después, regreso a El Puerto de Santa María, alrededor de las doce de la noche.
Estupendo. Salvo algo que nos inquietó. El viaje va a ser un poco movidito pues hay poniente en la mar. Y tan movidito. Como aquél concurso, si lo sé, no vengo. Nada más salir el Vapor del espigón del río, aquello empezó a moverse. ¡Y digo que se movió! Niños chillando, gente aterrorizada, como yo, agarrados a un palo para no caernos. Qué mal rato. Por un momento pensé que aquello se hundía. Las olas cubrían las ventanas de abajo del barco. Y encima la noche. Esa agua oscura, esas olas inmensas, negras, que tapaban la línea de costa. Pensé en los inmigrantes que cruzan el Estrecho y en cuán vulnerable es uno. Al entrar en la bahía, un paseito excelente. El puente Carranza, inmenso. El Juan Sebastian Elcano, precioso. Y de nuevo, el pánico. Bamboleo mientras veíamos Valdelagrana de lado. Qué fatiga más mala. Que dos horas más amargas. Debían evitar salir en esas condiciones, que es para un paseo, no para una tortura. Eso sí. José Fernando VI, chapeau. Genial. Transmite confianza. Por eso pasé menos miedo. Si no, les garantizo que este blog hubiera cerrado por defunción. Hubiera muerto de un infarto.

Pero oigan, no dejen de visitarlo.

FIN

Por desgracia, ya no pueden visitarlo. El vaporcito se hundió el 30 de agosto de 2011 en el muelle de Cádiz. A fecha de hoy, sigue sin ser rehabilitado y la Bahía de Cádiz ha perdido una figura icónica que surcaba el horizonte de las playas en verano y era tan familiar como la marea alta o baja.

Queda para el recuerdo este vídeo de aquél naufragio fallido.

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El lago de los cisnes (Zoobotánico de Jerez)

Así me lo parecía a mí. En realidad era el estanque de los patos. En el Zoobotánico de Jerez. Esto escribía yo el 18 de marzo de 2007.

Hoy he vuelto a uno de mis sitios preferidos desde pequeño, donde me vuelvo a reencontrar con aquél niño que fui. Es el estanque de los patos y cisnes que se encuentra en el Zoobotánico de Jerez. Es mi animal favorito, el pato, además del perro. Y no sé el porqué. Pero desde mi más lejana infancia, siempre me quedaba embobado, me cuentan, mirando los patos. Eso de que un ave, que tenía que volar, se dedicara a nadar, me llamaba mucho la atención. Tanto que un día me escapé en el Zoo, y me encontraron con los zapatos quitados dispuesto a meterme en el agua, con los patos, quizás para ser uno más de ellos.

Es curioso lo que siento cada vez que cruzo ese puentecito. Que era muy grande a mis pocos años, y ahora, cada vez lo veo más pequeño. Hay lugares que me dan mala espina. Pero este, es justo todo lo contrario. ¿Qué es lo que habrá allí que me hace sentir tan bien? Quizás sea la paz que respiro. Y es difícil, porque en un día tan soleado como el de hoy, la afluencia de público es enorme.

Los patos. Mis patos. Que pasean ante mí, con delicada indiferencia. Su ruido de agua. Su movimiento de la cola. Su rapidez al nadar, que lo convierte incluso, en navegar. Felices, quietos. Tranquilos. A la sombra y fresquitos.

Los patos. Mis patos. Que siempre están allí.